Agosto es el mes del quasi milagro de una disminución drástica del arribo tumultuoso desde Libia de decenas de miles de inmigrantes africanos y asiáticos a Italia, el único canal aún abierto a las oleadas de desesperados que en estos últimos años huyeron de las guerras, del hambre y la pobreza extrema para llegar al Eldorado europeo.

En un mes se ha reducido en un 51% la llegada de los prófugos a Italia, cuando se temía que este año se llegaría al récord de 210 mil inmigrantes arribados desde las costas nordafricanas. En 2017 se registra un descenso del 3,4%.

El resto de Europa fue cerrando las otros rutas terrestres y marítimas y ha negado el apoyo a que se había comprometido con los italianos, que solos deben afrontar el dilema de como controlar la oleada de inmigrantes. Parecía una tarea desesperada, pero la clave de la solución tiene un solo y breve nombre: Libia.

El control del fenómeno tiene muchos costos. En primer lugar ha causado una división dentro del gobierno y de la iglesia católica italianos, pero en pocos días ha triunfado en pleno la línea operativa piloteada por el ministro del Interior, Marco Minniti, especialista en servicios secretos y seguridad.

El peor momento se alcanzó a fines de junio, cuando en los tres últimos días del mes más de diez mil desesperados fueron embarcados en las quince naves de las organizaciones no gubernamentales (ONG) de ayuda humanitaria, y las flotillas de los italianos y de la Unión Europea. La situación hizo estallar las acusaciones de que los traficantes que echaban al mar decenas de gomones repletos de gente, avisaban a los barcos de las ONG donde debían ir a buscarlos cuando superaban el límite de las 12 millas que marcaban la frontera marítima de Libia, sin notificar a las autoridades.

En 40 días todo ha cambiado gracias a una nueva estrategia. En primer lugar los italianos enviaron unas naves militares a Libia sobre la base de un acuerdo con el gobierno de Trípoli del presidente Fayed al Sarrah, reconocido por la comunidad internacional, a pesar de las amenazas de bombardear a los barcos del otro gobierno, el que controla en Tobruk el general Khalifa al Aitar.

Los italianos consignaron a los libios tres barcos que estaban listos pero bloqueados desde 2014, por los ataques occidentales a Libia para echar a Muhamar Kadafi, una decisión desastrosa agravada por el asesinato del mismo líder, que llevó el país al caos.

En el puerto de Tripoli queda una sola nave militar italiana, especializada en reparaciones, que les está arreglando varios barcos a la Guardia Costera renacida y a la Marina de Guerra libios.

La Guardia Costera es la encargada ahora de vigilar las costas desde donde los traficantes hacen partir las barcazas de los desesperados rumbo a Italia e impedir el tráfico, al menos en parte. El ministro Minniti introdujo un cambio fundamental para evitar los manejos de los traficantes de carne humana con algunas naves de ayuda: un código de conducta de 13 puntos que han aceptado con renuencias cinco ONG y rechazado otras, algunas tan prestigiosas como Médicos sin Fronteras.

El panorama cambió de golpe. Dejaron de agruparse los “gomones” en la frontera marítima, con traficantes que se llevaban de vuelta los motores de las barcazas y naves que puntualmente llegaban a la zona, embarcaban a los inmigrantes y despues los pasaban a los barcos más grandes de las flotillas oficiales para regresar a buscar más gente.

Las ONG tuvieron que aceptar inspecciones armadas a la búsqueda de traficantes y que se les prohibiera pasar a los náufragos a otros barcos. Ahora deben ir a los puertos que les asignan, haciendo más lento su trabajo.

Los libios han prohibido a los barcos de los grupos humanitarios acercarse a sus costas. Una nave española recibió hace unos días unos tiros de advertencia que la obligaron a alejarse.

Dentro del gobierno italiano, el ministro de Transportes Graziano Del Río colisionó con la estrategia de Minniti afirmando que era necesario anteponer el salvamento de los inmigrantes a cualquier otro objetivo.

La situación parecía derivar hacia una crisis de gobierno, pero una intervención abierta del presidente de la República, Sergio Mattarella, en apoyo al premier Paolo Gentiloni y al propio Marco Minniti, puso fin al choque. Desde entonces las proclamas de unidad son constantes. La Comunidad Europea dio su apoyo y, lo más importante, el cardenal Gualterio Bassetti, presidente de la Conferencia Episcopal italiana, dijo que “los inmigrantes deben ser acogidos pero respetando las leyes, evitando que una pura idealidad se convierta en dramáticamente en ingenuidad y de el pretexto de colaborar con los traficantes de carne humana”.

El cardenal Bassetti habló en nombre de los obispos y la Iglesia se alineó poniendo fin a muchas polémicas internas. El Papa Francisco, partidario de la más amplia acogida a los inmigrantes, consintió porque responde a su convicción de que “el compromiso de acoger va a entendido como a todos aquellos que se pueden recibir”. También ijo que “pocas naciones no pueden hacerse cargo por entero asegurano una ordenada integración a los nuevos arribados en el tejido social”.

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