Después de recibir un aluvión de críticas por la tibieza de Donald Trump en su condena a los grupos racistas tras los disturbios en Charlottesville, Virginia, la Casa Blanca tuvo que salir a aclarar hoy que el rechazo del presidente “incluía a los supremacistas, el KKK (Ku Klux Klan), los neonazis y todos los grupos extremistas”. Pero la tensión continúa.

Columnas de militantes neonazis y decenas de milicianos armados como militares que decían “proteger a la nación” inundaron el jueves la ciudad universitaria de Charlottesville, de unos 50.000 habitantes, para una esperada manifestación en un parque público que buscaba “unir a la derecha” y protestar por la remoción de un monumento dedicado al general confederado Robert Lee, fallecido en 1870 y considerado un símbolo de la defensa de la esclavitud y el racismo. Allí los esperaba otra protesta, una de simpatizantes antirracistas y pacifistas que rechazaba su presencia. Primero empezaron los empujones y golpes de los supremacistas blancos contra los manifestantes que los repudiaban y la violencia llegó a su máximo nivel cuando un hombre, que ayer fue identificado como James Alex Fields Jr., un joven blanco de 20 años, atropelló a propósito con su auto a la multitud antirracista y mató a una persona y dejó una veintena de heridos.

La víctima fatal fue identificada hoy como Heather Heyer, abogada de 32 años que trabajaba como asistente en un estudio jurídico y “trataba de poner fin a la injusticia”, según dijo su madre, Susan Bro, a The Huffington Post. En medio de la conmoción por este atentado, un helicóptero de la Policía estatal que participaba del operativo de seguridad se estrelló y dos oficiales murieron.

Con una víctima mortal, y en su primer gran incidente ligado al racismo como presidente, Trump había condenado ayer sábado por la noche la “violencia de todas las partes”, equiparándolas, sin citar el racismo o el nazismo. Inmediatamente, desde los demócratas a los republicanos, pasando por Barack Obama, las duras críticas llegaron contra el magnate por no haber apuntado el dedo explícitamente contra los supremacistas blancos. El ex mandatario citó a Nelson Mandela en Twitter: “Nadie nació odiando a otra persona por el color de su piel o por la religión. Las personas deben aprender a odiar y si pueden aprender el odio, podemos enseñarles el amor. Porque el amor es más natural al corazón humano que lo opuesto”.

El alcalde demócrata de Charlottesville, Mike Signer, fue el primero en condenarlo como un “acto de terrorismo, en el que se usó un vehículo como arma”, dijo. “Corresponde al presidente Trump decir que ya basta”. El alcalde lo acusó de haber atizado a estos sectores durante su campaña, una de las más agresivas de los últimos tiempos, y llamó a terminar con la creciente polarización política y la agresividad de los funcionarios que se refleja en las calles.

Senadores de su propio partido como Marco Rubio habían reclamado a Trump una clara condena a la violencia racista. “Es muy importante para la nación oír al presidente describir los acontecimientos como lo que son, un ataque terrorista por parte de los supremacistas blancos”, escribió en Twitter el senador. Su colega Cory Gardner también recalcó que “el presidente debe llamar las cosas por su nombre. Estos eran supremacistas blancos y esto era terrorismo doméstico”.

El general H. R. McMaster, Asesor de Seguridad Nacional, salió a utilizar ese término que no fue pronunciado desde la Casa Blanca. En una entrevista en NBC dijo: “Creo que podemos describirlo a las claras como una forma de terrorismo”, dijo en la cadena NBC. La propia hija de Trump, Ivanka, que es asesora presidencial y que se convirtió al judaísmo al casarse con Jared Kushner, se alejó de su padre y denunció “el racismo, la supremacía blanca y los neonazis”. Hasta el conservador fiscal general, Jeff Sessions, que tuvo acusaciones de racismo en el pasado, dijo que tales “hechos de intolerancia racial y odio” traicionan valores fundamentales y “no pueden ser tolerados”.

Tal fue la presión que no solo la Casa Blanca tuvo que aclarar hoy los dichos del presidente sino que el Consejo para la Seguridad Nacional debió definir el incidente como un acto terrorista y el FBI a abrir una investigación por posible violación de los derechos civiles. Pese a los esfuerzos oficiales, el daño ya está hecho. Decenas de manifestaciones se están programando para mañana en Nueva York. Incluso lo esperan con un enorme rata inflable.

Durante buena parte de su campaña, Trump coqueteó con estos grupos supremacistas sin rechazar su apoyo ni condenar abiertamente sus ideas. Muchas de estas organizaciones neonazis se habían envalentonado con el ascenso del magnate y algunos personajes habían respaldado abiertamente su candidatura como David Duke, el ex líder del Ku Klux Klan, a quien Trump, después de algunas presiones, definió sólo como “una mala persona”. Su victoria atizó aún más a estos movimientos racistas. De hecho, nombró en su gabinete a Steven Bannon, un agitador de la “alt-rigth” o derecha alternativa.

La polémica sigue. La marcha de Charlottesville se trató del “mayor encuentro de odio de su clase en décadas en Estados Unidos”, según alertó el Southern Poverty Law Center, una organización que investiga las expresiones, políticas e iniciativas que alimentan o llaman a la violencia racial y xenófoba. En tanto el racista Duke dijo que la marcha de Charlottesville había sido “la concreción de las promesas de Trump”.

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