¿Causa cáncer la radiación electromagnética causada por los aparatos electrónicos? Aunque pueda parecerlo, no es un debate nuevo. Ya en los años noventa hubo varias iniciativas destinadas a alejar las antenas de telefonía móvil de los vecindarios; aparentemente, sin ningún éxito.

Poco a poco, el debate sobre el efecto que tienen los móviles y otros emisores de radiación sobre la salud vuelve a estar de actualidad. Hasta tal punto que este mismo año llegó a ser tema de debate en el Parlamento Europeo a propuesta de dos diputados de Podemos, uno de ellos el propio Pablo Iglesias.

No obstante, para resolver la pregunta sobre si existe la llamada alergia al WiFi o hipersensibilidad electromagnética, no queda más que recurrir a la evidencia científica. Claro que hay quien piensa que ésta puede ser tendenciosa, pero la ausencia de evidencia lo es aún más.

Si negamos la verdad a las pruebas científicas, no nos queda más que fiarnos de supersticiones y sensaciones, engañosas casi el 100% de las veces. De hecho, no son pocos los que se toman muy a pecho los supuestos dolores de cabeza causados por el WiFi o el teléfono móvil, e incluso esas mismas personas llegan a apagar todos los dispositivos electrónicos por la noche.

¿Es necesario? Para una amplia mayoría de los europeos, sí. Según una encuesta promovida por la Unión Europea en el año 2010, un 70% de los ciudadanos comunitarios cree que el móvil hace daño si la exposición a sus ondas es muy prolongada. No disponemos de datos más actuales, aunque todo apunta a que el porcentaje se ha incrementado.

¿Qué dice la Organización Mundial de la Salud?

En todo lo que tiene que ver con enfermedades, la primera referencia a la que hay que acudir es la Organización Mundial de la Salud (OMS). Por supuesto, los defensores de la existencia de la hipersensibilidad electromagnética pueden argumentar que la OMS está comprada por oscuras corporaciones con no se sabe bien qué fin.

Ante esta acusación, no queda más que preguntar: ¿acaso no son también corporaciones las empresas que explotan esta supuesta dolencia? ¿Es más legítimo basarte en la evidencia científica que intentar hacer dinero con un problema que no existe?

Si vamos al informe de la OMS sobre la hipersensibilidad electromagnética, la respuesta que se extrae es tajante: no existen pruebas de su existencia. No hay evidencia que demuestre que la radiación emitida por móviles, routers WiFi u otros dispositivos inalámbricos cause cáncer a ningún plazo, ni corto ni largo.

No sólo es la OMS quien afirma que la alergia al WiFi no ha sido demostrada: también lo hace el comité de expertos de la UE, que difunde además un documento divulgativo en el que se explican a la perfección todos sus argumentos.

No hay pruebas que demuestren que eso ocurre y lo que es más probable: nunca las habrá. De hecho ya hay cientos de informes que recopilan datos de miles y miles de pacientes y nadie ha sido capaz de poner en entredicho esta afirmación.

¿Por qué es imposible que el WiFi tenga efectos sobre la salud?

La respuesta a esta pregunta no es nueva, ni mucho menos. Se trata de física pura y dura, y hace mucho tiempo que disponemos de la información para desmontar la teoría que dice que sí, que la hipersensibilidad electromagnética es real.

Todo se reduce a una división entre los tipos de radiación y su longitud de onda. Según la frecuencia en la que operen una ondas electromagnéticas, tienen capacidad para causar cambios en células o no.

En el caso del WiFi o los móviles, estas ondas operan en frecuencias que se mueven entre los 2,4 y los 5 GHz o incluso inferiores. Es imposible que con dichas frecuencias se causen cambios en un organismo.

La división fue bautizada como radiaciones ionizantes y no ionizantes, y las que en teoría causan la electrosensibilidad son claramente del segundo grupo. Para causar daño en las capas más superficiales de la piel harían falta frecuencias superiores a los 10 GHz.

En el siguiente gráfico de la web Curiosando se puede apreciar de forma más ilustrativa la división entre los distintos tipos de onda. Las que están en el espectro inferior -a la izquierda- son no ionizantes y no causan daño en el organismo. Las que están a la derecha pueden hacerlo si la exposición es prolongada.

Es evidente que no tiene nada que ver la radiación que emite un teléfono móvil con la que emite una máquina de Rayos-X.

Incluso afirmar que a la larga la exposición a estas ondas puede tener efectos perjudiciales es faltar a la verdad. Sería como decir que las bombillas que llevamos más de un siglo utilizando pueden causar cáncer.

Entonces, ¿mienten los que afirman sufrir esta enfermedad?

Las personas que dicen sufrir hipersensibilidad electromagnética se cuentan por miles o decenas de miles en todo el mundo. Y no, no forman parte de una conspiración para engañarnos. Probablemente todas ellas sufren de verdad dolores constantes que achacan a su exposición al WiFi o las antenas móviles.

Una vez más, hay que recurrir a la OMS para ver qué está ocurriendo. ¿Se ha puesto de acuerdo toda esta gente para sufrir una dolencia que no existe en realidad? No, claro que no. El problema es que no tienen ninguna sensibilidad especial que les permita detectar -y sufrir- las ondas que los rodean: todo se reduce a la mente.

El cerebro es un órgano poderoso que puede inducir a la sugestión. Basta con que creas que vas a tener dolor para que, efectivamente, el dolor aparezca. Esto significa que al hablar de la hipersensibilidad electromagnética no hablemos de una enfermedad física real, sino de un problema psicológico.

Eso conduce a una cuestión aún más espinosa: ¿hasta qué punto es legítimo dar alas a una enfermedad que necesita ayuda de especialistas con falsos argumentos? ¿Qué empresas se están beneficiando de los problemas de personas que deberían buscar ayuda de profesionales?

Una vez más, la respuesta está en la ciencia. De no ser por ella aún estaríamos quemando brujas en la hoguera por adivinar la fecha del próximo eclipse. No sería posible disponer de las comodidades de las que gozamos hoy en día de no ser porque basamos nuestras acciones en la evidencia científica.

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