El pueblo de Sutherland Springs, en las afueras de la ciudad texana de San Antonio, perdió ayer al 4,2% de su población. La razón: Devin Patrick Kelley, ex soldado de 26 años, asesinó al menos a 26 de sus 643 habitantes e hirió a otros 30 cuando entró disparando a bocajarro a los feligreses congregados en un oficio religioso en la iglesia baptista de la comunidad. Kelly falleció tras el ataque.

La celebración religiosa se transformó en tragedia cuando Kelley entró a las 11:30 de la mañana con un rifle semiautomático Ruger y abrió fuego en mitad del oficio religioso de la iglesia baptista, una comunidad carismática cuyas congregaciones tienen una enorme autonomía entre sí, aunque suelen situarse dentro del espectro más conservador de la sociedad estadounidense. Entre los muertos está la hija de 14 años del pastor de la iglesia, aunque podría haber más menores. Uno de los heridos tiene dos años de edad. Parece que la gran mayoría de los asistentes al oficio están muertos o heridos.

Durante la matanza, uno de los asistentes al servicio religioso, que iba armado, abrió fuego contra Kelley, que se dio a la fuga. Posteriormente, se encontró su cadáver en su coche. No está claro si el asesino murió como consecuencia del enfrentamiento o si, como es común en este tipo de acciones, se suicidó.

En principio, la matanza no aparenta tener vinculación terrorista, sino que parece una nueva manifestación de esa tradición genuinamente estadounidense que es el asesinato de gente con un arma semiautomática cuya tenencia en perfectamente legal.

¿Quién es el agresor?

Kelley, ex soldado de la Fuerza Aérea, había dejado un rastro de mensajes en Facebook en los que aparece como una persona violenta y acaso con problemas psicológicos, que combinaba actividades en iglesias con profesiones públicas de ateísmo. De hecho, en uno de sus últimos posts apareció con un rifle AR-15.

Kelley perteneció al Ejército estadounidense entre 2010 y 2014 y prestó servicio en la preparación logística de Nuevo México hasta su marcha en 2014, según aseguró la Fuerza Aérea en un comunicado.

El ex militar fue juzgado en dos ocasiones en consejo de guerra por agresiones a su esposa y a sus hijos. Fue confinado durante 12 meses por su mala conducta. Al parecer, el comportamiento violento fue el motivo de su despido.

En el condado el presunto asesino sólo había hecho frente a multas de tráfico en los últimos años. Además, contaba con licencia del Departamento de Seguridad Pública de Texas como guardia de seguridad.

El asesino vivía en el pueblo de New Braunfels, a unos 60 kilómetros al norte de Sutherland Springs, que es una pequeña localidad a unos 35 kilómetros de San Antonio. Es un pueblo blanco, protestante, y anglosajón, con una creciente minoría mexicana. Si se confirmara que el asesino era estadounidense, sería un cierto sarcasmo. La región es muy conservadora, y vive en un estado de histeria acerca de la infiltración -nunca llevada a cabo- de presuntos terroristas islámicos a través de la frontera con México.

La desvinculación del ataque de cualquier nexo terrorista se refuerza por el exquisito cuidado y prudencia con el que la clase política de EEUU recibió la noticia. El mejor ejemplo, el del presidente, Donald Trump, de visita oficial en Japón. “Que Dios guarde a la gente de Sutherland Springs, en Texas. El FBI y las fuerzas del orden están en el lugar del crimen. Sigo la situación desde Japón”, tuiteó Trump.

El martes, cuando el terrorista de origen uzbeko asesinó a personas en Nueva York, Trump, en vez de invocar el consuelo del Altísimo, optó por realidades más terrenas: “En Nueva York, parece que ha habido otro ataque de una persona muy enferma y loca. Las fuerzas del orden controlan la situación. ¡NO EN EEUU!”.

El presidente estadounidense afirmó además que no es un problema con las armas, sino de salud mental. “Es un poco pronto, pero está claro que nos encontramos ante un problema de salud mental de alto nivel. Tenemos muchos problemas de salud mental en nuestro país (…). Es algo que hay abordar de manera seria”, dijo Trump en una rueda de prensa en Tokio donde se encuentra de viaje.

El gobernador de Texas, el republicano Gregg Abbott, también ofreció la referencia a Dios de rigor en este tipo de tragedias, al declarar: “Nuestras oraciones están con los que han recibido daños por este acto del mal”.

En el terreno de la materia, sin embargo, hay cifras más frías que en las declaraciones de los políticos. En los 309 días que llevamos de 2017, se han producido 377 tiroteos masivos en EEUU, que son aquellos en los que hay, como mínimo, cuatro heridos, aunque esas cifras son siempre extraoficiales desde que el Congreso, controlado por el Partido Republicano, prohibió en 1995 destinar dinero público al estudio de la violencia por armas de fuego en ese país.

Según la organización Archivo de Violencia por Armas de Fuego, solo el fin de semana ha habido tres tiroteos masivos (sin contar el de Sutherland Springs) en los que murió una persona y 12 resultaron heridas. Alcaldes por Seguridad con las Armas, un grupo fundado por el ex regidor de Nueva York y empresario Michael Bloomberg, ha determinado que en 2015 -el último año del que ofrece cifras- hubo 12.979 asesinatos y 22.018 suicidios con armas de fuego.

El 1 de octubre, 59 personas murieron y otras 546 resultaron heridas en un tiroteo similar, perpetrado desde un hotel en Las Vegas contra los asistentes a un concierto de country, precisamente el género musical más popular en las zonas rurales y conservadoras en las que la tenencia de armas tiende a ser más alta. En aquella ocasión, la Asociación Nacional del Rifle y el Partido Republicano se comprometieron a promover legislación para imposibilitar la transformación de armas semiautomáticas en automáticas. Eran puras relaciones públicas. Han pasado cinco semanas y ninguna propuesta de ley o de regulación ha sido anunciada.

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