Desde que Donald Trump se mudó a la Casa Blanca en enero de 2017, miles de inmigrantes que llegaron a Estados Unidos buscando el sueño americano tienen ahora sus esperanzas puestas en Canadá. Para alcanzar esa nueva tierra prometida dejan atrás parte de las pertenencias que trajeron al país y peregrinan en autobús, tren o taxi hasta carreteras apartadas de los puestos de entrada fronterizos oficiales.

La ubicación de los accesos oficiosos, como el de Roxham Road cerca de la localidad de Saint Bernard-de-Lacolle (Quebec), corren como la pólvora entre quienes buscan asilo en Canadá. El desfile de inmigrantes -y taxis- por esta carretera secundaria a poco más de siete kilómetros de Champlain (Nueva York) -una de las últimas localidades estadounidenses- es constante.

Por allí pasó hace unos días arrastrando una pesada maleta, Lena Gunja, una niña de diez años que contó a la agencia Ap cómo sus padres, su hermana y ella esperaban encontrar una vida mejor en Canadá; lo mismo que buscaban en EEUU cuando llegaron procedentes de la República del Congo. “En la tierra de Trump, quieren hacernos regresar a nuestro país”, decía Gunja antes de despedirse de las cámaras y acelerar el paso para ponerse al paso de su familia y llegar a la frontera. Hasta esa semana vivían en Portland (Maine).

La haitiana Erloune Jean y sus dos hijos -nacidos en EEUU- recorrieron los últimos metros hasta ese cruce a pie después de coger sus pertenencias del taxi que los llevó hasta el enclave. Jean ha vivido los últimos 17 años en Nueva Jersey y, según explicaba a la agencia, sin estatus ‘legal’. Desde la victoria de Trump ha vivido “con ansiedad” ante la posibilidad de ser deportada.

La cuestión de Haití

El presidente anunció en mayo que iba a eliminar el Estatus de Protección Temporal (TPS) para los haitianos afectados por el terremoto de 2010. El entonces secretario de Seguridad Nacional, John Kelly, viajó a la isla en junio para tratar la cuestión. Aún no está claro si el permiso expirará en enero de 2018. Ésta es una de las razones que ha provocado la huida de muchos haitianos hacia el país vecino.

En las últimas semanas, entre 250 y 300 personas, según los medios canadienses, abandonan EEUU diariamente por esta carretera secundaria -en una zona boscosa alejada de los puestos fronterizos-. Pero la frontera tiene otros agujeros en Manitoba, como el pequeño pueblo de Emerson, o British Columbia. Los que llegan al otro lado saben que la Real Policía Montada de Canadá les detendrá temporalmente -como hacen cuando son interceptados cruzando ilegalmente, hasta que las autoridades deciden si puede recibir asilo-, pero mientras permanecen en el país reciben ciertas atenciones.

La semana pasada el ejército canadiense levantó un campamento con capacidad de hasta 500 personas en torno a Saint Bernard-de-Lacolle para atender a aquellos que llegan pidiendo refugio. Un centenar de soldados armaron un pueblo con más de 30 tiendas de campaña, dotadas de agua y luz. Aquí es donde comienza el proceso para determinar si son elegibles para ser declarados refugiados.

La clave del buen tiempo

En los primeros seis meses del año, la Policía Montada aprehendió a 4.345 personas en la frontera que buscaban asilo en Canadá. Una cifra que no para de aumentar mes a mes, coincidiendo con el buen tiempo y el incremento de la presión migratoria de la Administración Trump -con la entrada en vigor parcial del veto migratorio o el anuncio del próximo final del TPS para los haitianos-. Especialmente, en el enclave de la provincia de Quebec. Según los datos de las autoridades migratorias, aquí interceptaron más de 1.500 personas en julio, el doble de las que en junio y una cifra muy superior a los 245 que lo hicieron en enero.

En el campamento levantado en la localidad canadiense, los potenciales refugiados son testigos de la política de ‘bienvenida’ que impulsa el primer ministro Justin Trudeau. Ahí reciben acomodo mientras los agentes de la frontera canadiense ‘procesan’ su acceso, revisan sus papeles y sus pertenencias. Después son trasladados al Estadio Olímpico de Montreal -a unos 50 kilómetros de Roxham Road-, que se convirtió a principios de agosto en un centro de bienvenida a los buscadores de asilo.

Desde que en 2015 comenzaron a aterrizar los refugiados sirios, Trudeau se ha implicado personalmente en recibir a los refugiados y asegurarse de que se trata dignamente a quienes llegan al país. Un día después de que Trump firmase su primer veto migratorio contra siete países de mayoría musulmana, el primer ministro escribía en Twitter: “A aquellos que huyen de la persecución, el terror y la guerra, los canadienses os daremos la bienvenida con independencia de vuestra religión. La diversidad es nuestra fortaleza”.

Tensiones

En todo caso, la llegada de inmigrantes al país por estos accesos desde principios de año, cuando las temperaturas alcanzan los 20 grados bajo cero, ha generado tensiones entre sectores de la población autóctona. El pasado mes de abril, en Roxham Road hubo una manifestación contra la que algunos consideran ‘política de puertas abiertas’ del gobierno.

La parlamentaria liberal por esta región, Brenda Shanahan, se acercó hasta la carretera hace unos días para ver en primera persona cómo los agentes fronterizos estaban llevando a cabo el ‘procesamiento’ de los casos de personas que buscan asilo. La política subrayó a las cámaras de Ap que, “con independencia de lo que la gente esté leyendo en las redes sociales, cruzar la frontera aquí no garantiza la entrada automática”. Aquellos que huyen de EEUU por estos puntos fronterizos, evitando los accesos oficiales, intentan sortear el acuerdo de ‘tercer país seguro’ firmado entre Canadá y EEUU en 2004. En virtud de éste, quienes se encuentran en el primer país no serán elegibles para solicitar asilo en el segundo salvo excepciones.

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